En la Isla de Java, buscando Elefantes!!
Esta fue una de esas experiencias que se piensan pero no se esperan. Uno cree espiar lo que en realidad le está ocurriendo.
Ese fin de semana de julio de 1999 el programa tendría que haber sido placidamente rutinario. A los 21 años estaba en la mitad del año universitario. No había razones para estar aquella noche en Ezeiza preguntando por vuelos a Indonesia. En pocas horas marchaba en busca de un casi imposible hacia ese rincón del globo donde la naturaleza guarda tesoros y una crisis desenterraba secretos, que la dictadura apenas derrocada había escondido por años. Aquella noche por ahí andaba, con el pasaje apenas emitido, volando hacia el polo lo que prometía llevarme al ecuador.
En las escalas se mira y no se toca, son como fugaces vidrieras que se intentan ver desde el colectivo en marcha. En cada cambio de avión van quedando atrás los connacionales, aunque siendo desconocidos, su ausencia me generaba tenues sensaciones de soledad. Eran las personas y no los kilómetros lo que me permitía medir como me alejaba de casa.
Mientras las ruedas buscaban el suelo de Java desde mi asiento me asomaba a ese otro mundo de mi planeta. Veía verde, tantas palmeras y un salpicado de casas bajas. Los colores tenían el brillo que les da el agua. El sol fuerte y las nubes negras se empujaban sin lograr ninguno dominar el cielo. Terminado el recorrido por la manga del avión, en aquella terminal sin aire acondicionado, supe que yo sería una de las víctimas de eso que sucedía sobre nosotros. Sin orden ninguno mientras el sol secaba, las nubes mojaban. El mercurio siempre alto. El vapor alzaba consigo olores a tierra húmeda y vegetales. Primero experimenté la dulce sensación de las terapias de vaho, poco a poco sentí estar en una enorme vaporera.
Sostenía un improvisado cartelito en el que solamente había escrito “Argentina”, confiaba en que allí la palabra tendría la exclusividad de un nombre de pila o un apellido. Innumerables cuántos respondieron a mi mensaje, todos igual, “Maradona, ja, ja”. Sólo quien no mencionó al personaje, era la persona que yo buscaba.
Yo no llegaba con playas recomendadas ni a visitar los atractivos ofrecidos en la revista del avión. Sólo contaba como referente a un contacto que había aceptado ayudarme a intentar ese casi imposible. ¡Qué extrañas esas lagartijas que caminaban por las paredes de su oficina! De rigor una invitación a comer para acompañar la charla. De nuevo las nubes mojaban y el sol secaba. Sentado, sin mover más que las manos al conversar yo también me evaporaba. El primer plato, sopa caliente picante. Agradeciendo me obligué a probar dos cucharadas, ese líquido me deshidrataba. Luego pollo. Pude elegir la presa, fue pata asada, llegó toda entera en un plato, incluía los dedos y uñas del animal. Se comía con la mano, como de chico, así buscaba un estímulo. El sabor era bueno, igual en toda la isla, el sentido común indicaba ordenar pescado.
Kebung Binatang Ragunan, me recibió el nuevo director, inmediatamente estuvo de acuerdo. Ahora todo dependía del Ministerio. Con él había una joven periodista inglesa que rodaba un documental. Me pidió hacer una nota en los días siguientes.
Mi contacto me asignó un auto y una moto con dos chóferes. Sentí que era un exceso. La crisis desinflaba a 40 dólares mensuales los sueldos. Las excentricidades se abrían al turista más humilde. Seguí pensando que era un exceso.
La primera salida en moto fue a la embajada argentina. En aquellas avenidas atestadas de vehículos y minibuses los que avanzábamos éramos el cardumen de motociclistas que con mil piruetas nos colábamos entre los de cuatro ruedas. Biblias y calefones en aquel ingreso a la ciudad. Lujosos autos polarizados a la par de sobreexigidos transportes públicos. Pocos semáforos no se violan. Allí un nutrido desfile de personas y personajes acercándose a las ventanillas de los coches ofrecían agua fresca, sexo, frutas, música.
De pronto todo muta, el centro financiero de la ciudad se descubre de vidrio y acero, las avenidas impecables, los jardines bellos, todo mucho más nuevo y moderno que Buenos Aires. Algunas señoritas se cubren la cabeza por tradición. Otras en elegante tailleur se tapan con barbijos. En estratégicas esquinas los tanques militares advertían no quebrantar el orden público. Los soldados bromeaban entre sí. Lo peor parecía haber pasado.
El pañuelo quedaba negro. Secar las gotas de mi frente se había convertido en un tic necesario. Era la tercera vez que yendo en moto me ensuciaba y no lograba descubrir donde me apoyaba.
En el ministerio, aquel funcionario me recibió con mucha atención. Me dio su apoyo. Firmó la documentación y me pidió seguir. El era el primero de una lista que debía prestar conformidad. Los días siguientes fueron un rosario de entrevistas. Mi contacto me guiaba. Yo no conocía ni el organigrama, ni las personas, ni los edificios. En un país en crisis, en un gobierno cambiado después de treinta años, no hubo un solo funcionario que no fuera atento. No hubo uno solo que se enredara en la etiqueta del cargo. Todos me recibieron sin más y todos fueron diligentes sin menos.
La oscuridad de la noche no suavizaba la temperatura. Dormir encapsulado en la habitación con aire acondicionado era la forma de respirar aire fresco y espantar a las pequeñas lagartijas que supe, tienen permitido circular por las paredes. Los vecinos insistían en poner música cerca del amanecer. Finalmente inquirí, eran cánticos sacros en hora de rezar, nada de contaminación auditiva. En un país con mayoría musulmana la televisión y la radio también llegan a sumarse a las plegarias nacionales.
Cada mañana se lavaba el coche. Según cuanto hubiera llovido a veces incluso en la tarde. Pero ese día volvimos a usar la moto, era práctica y más rápida. Me volví a ensuciar, ya no pude dejarlo pasar. El chofer hablaba poco inglés pero esta vez entendió mi pregunta, sonrió, quiso mantener la compostura, luego estalló en risas. Me señalaba los minibuses atestados de pasajeros, con el dedo me indicaba los caños de escape. Me hacía ver las elegantes señoritas de tailleur y rostro cubierto, el barbijo no era un accesorio religioso. Ya no volvimos a usar la moto y fue entonces que no volví a mancharme.
Desde el primer día de llegado una de mis prioridades fue organizar la vuelta. Sabía que podía no ser fácil. Recorría aerolíneas pero no me daban certezas. Una compañía holandesa dijo sí, a condición de que alguien de la empresa me acompañara durante todo el trayecto. La persona designada vendría desde Arabia Saudita a aprobar el embalaje. Recién llegó el día previo a la partida.
Fuera del centro de la ciudad, por sobre las casas asomaban especies de hongos gigantes que coronaban las torres de las mezquitas. Se los podía ver por todos lados, de tejuelas o simplemente de zinc. En cada momento del día hay decenas de bicicletas en sus puertas. En los parques, en horas señaladas, altoparlantes adheridos a las farolas convocan a cada una de las plegarias del día. Siempre hay una pérgola que oficia de templo, sin importar cuan precaria sea, nadie pisa sin estar descalzo.
En idas y vueltas di con varios grupos de escolares. Algunas niñas usaban uniformes occidentales. Otras compañeras se tapaban todo el cuerpo. No existen las férreas reglamentaciones de los musulmanes árabes que lo obligan ni las de algunos modernos países europeos que lo prohíben.
No podía llegar a las costas paradisíacas de un solo chaparrón caían mares de agua. Los bulevares no tenían palmeras sino que eran enormes canales sedientos, que en minutos de aguacero, devenían en torrentosos ríos recorriendo a toda velocidad la ciudad.
La amabilidad recibida era tanta, que en una oportunidad pasé toda una hora con una persona a la que creí el interprete que esperaba. Lo hice acompañarme y traducir para mí durante aquel tiempo. Finalmente llegó el verdadero excusándose por el retraso. ¿Quién era quién? El primero resultó ser alguien que sabiéndome foráneo quiso practicar su pobre inglés y atento a mi necesidad decidió dedicarme aquel rato.
Nunca olvidaré los sabrosos licuados de palta y chocolate fundido. Ni los peces de aquellos restaurantes que con mi dedo condené a la sartén. Ni todo lo raro que probé en puestos callejeros aprovechando el no saber de que se trataba. Ni el olor a tabaco mentolado. Mucho menos a María Eugenia, mi última traductora, una joven argentina que recién separada y con dos bebés probaba suerte sola en aquel país. Y finalmente tampoco a las lagartijas que en todos lados son compañía.
Bolsos repletos de ropas y artesanías que compraban los turistas por pocos dólares, quedaban en aquel aeropuerto, tras una selección de último momento los abandonaban escandalizados por las tarifas de sobrepeso.
A sólo diez días de haber llegado estaba nuevamente sentado en un avión de regreso a casa. Ahora me acompañaban dos indonesios, Supriyanto e Iwo y aquel señor que la aerolínea designara. Estábamos en los últimos asientos. Pensé en cada persona que había ayudado y de un libro recordé el vuelo del abejorro, ese bichito gordo, pesado y de alas cortas. Según las reglas de la aerodinámica, no puede volar, pero como desconoce la opinión de los científicos el muy ignorante se lanza imprudente al vacío… y consigue volar como la mejor de las abejas. El avión despegó y todavía inclinado se sintió un estridente sonido en toda la aeronave. Los turbantes de aquellos musulmanes se sacudían, todos volteaban. Cómo hacerles entender que todo estaba bien. Finalmente las azafatas decidieron develar la verdad, nosotros, los cuatro de la última fila, llevábamos dos elefantas en la bodega de aquel Boeing 747. Una de ellas había proferido aquel sonido. Ahora no había forma de convencer a los pasajeros de que para verlas y tocarlas tendrían que venir a Luján, Argentina, al otro lado del planeta.

